Ecuador no cumplirá la meta establecida en el marco de la Organizaicón de Naciones Unidas (ONU) para poner fin a la epidemia del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), que provoca el sida.

El objetivo por cumplirse hasta el 2020 consiste en que los países consigan que el 90% de las personas que viven con el VIH conozcan su condición, que el 90% de las que saben su diagnóstico reciban terapia antirretroviral y que el 90% que están en tratamiento tengan carga viral indetectable. Esto último implica que no pueden transmitirlo en una vida sexual activa, señalan estudios.

Según los últimos datos del Ministerio de Salud Pública (MSP) en Ecuador hay un estimado de 41.300 personas que viven con el VIH. El Plan Estratégico Nacional Multisectorial para enfrentar la epidemia publicado en diciembre de 2018 indica que el 58% de los contagiados conoce su estado, el 88% de los que lo saben tiene acceso al tratamiento y en el 50% de quienes toman los fármacos el virus es indetectable.

De acuerdo a ello, 17.346 personas viven con VIH en el país sin saberlo. Una estrategia de detección que cubra a la mayor cantidad de población posible debe incluir una búsqueda activa de quienes tienen el virus, lo que no ocurre, indica Francisco Andino, exministro de Salud y máster en VIH/sida.

“Ecuador está muy lejos de cumplir la meta puesto que no tenemos un diagnóstico eficaz y la búsqueda de casos se hace de forma pasiva y no activa. Deberíamos tener centros de testeo con consejería en los sitios de mayor vulnerabilidad para captar a los pacientes y estos puedan tomar tratamiento”.

La noticia del incumplimiento del objetivo 90/90/90 llega en medio de una polémica desatada tras una publicación del portal digital La Posta sobre supuestos resultados fallidos de las pruebas rápidas de cuarta generación que se aplican desde el 2017 en los establecimientos del MSP.

Algunas de estas pruebas habrían generado resultados dudosos. Es decir, falsos negativos, que corresponde a personas que les dijeron que no lo tenían, pese a que sí estarían contagiadas. Y falsos positivos, que abarca a quienes les dijeron que tenían el virus sin tenerlo.

La evaluación del método de detección es pertinente debido a que aumentó el número de pruebas realizadas en los centros del MSP. Entre 2016 y 2018 se hicieron 3’029.657 de estos exámenes para detectar el VIH. Cerca de la mitad correspondió a embarazadas, quienes pasan por el análisis hasta tres veces durante el embarazo.

Este grupo estaría entre los afectados por los supuestos falsos positivos y falsos negativos reportados en 2017. A los consultorios del IESS llegaban pacientes ya diagnosticados diciendo que las pruebas realizadas en los centros del MSP reflejaban ‘No reactivo’, es decir, no tenían los anticuerpos y el antígeno P24 que es una proteína constituyente del VIH.

Dos informes preliminares de la Agencia Nacional de Regulación, Control y Vigilancia Sanitaria (Arcsa) dan cuenta de estas alertas. Las autoridades del MSP afirman que ordenaron el retiro de las pruebas cuestionadas ni bien recibieron estos reportes.

Finalmente, un informe del 15 de abril pasado indica que tras analizar las pruebas de los lotes embodegados con plasma certificado con virus del VIH y sin el, se concluye “que no generaron resultados dudosos”.

Los especialistas entrevistados afirman que el problema no está en las pruebas rápidas de cuarta generación, que son las que hoy se usan a nivel mundial con resultados certeros. La falla pudo generarse, concuerdan, en un mal manejo de los lotes en la red primaria de salud.

Por ejemplo, las pruebas deben ser transportadas dentro del rango de temperatura que solicita el fabricante. Además, la lectura del resultado debe darse en el periodo establecido que puede ser entre 10 y 40 minutos, según la marca y el tipo, desde que se coloca la muestra de sangre en el dispositivo. El resultado expuesto no sirve si se lo observa pasado el tiempo que recomienda el fabricante.

Hay casos como el de José, nombre protegido, que empezó a sospechar que podía estar contagiado cuando en septiembre del 2016, a sus 19 años, enfermó con fiebre, diarrea con sangrado y mareos. Ese mes fue al Hospital Guayaquil del suburbio donde le hicieron el análisis, pero salió negativo. “Ese día me pusieron como cuatro sueros, creí que ya me iba al otro lado”, cuenta.

Los médicos le recomendaron repetir la prueba en tres meses porque podría ser que el VIH estaba en periodo de ventana, es decir, su organismo no tenía los suficientes anticuerpos para detectar la infección.

Pese a su recuperación, José estaba preocupado. Había iniciado su vida sexual con un joven de su edad, seis meses antes de enfermar, y no usó preservativo. Fue el 2 de febrero de 2017 cuando lo diagnosticaron. Bastó un pinchazo en el dedo y una espera de 30 minutos para conocer el resultado en un centro del MSP. Luego vino el examen confirmatorio.

“Fue una decepción, había tenido una sola pareja sexual”, dice. Hoy su lucha continúa ya que ha recaído y desde entonces cambió el esquema de tratamiento antirretroviral, que frena la aparición del sida. “La primera vez que tomé las pastillas vomité tres veces, son químicos, ya me acoplé”, cuenta.

Una experiencia distinta tuvo un amigo de José. Él se hizo la prueba rápida en un establecimiento del MSP y salió negativo. “Luego le dije que se haga otra en la Fundación Kimirina –que desde hace dos décadas atiende a las personas con VIH– y allí le salió positivo, pero el es cristiano, me dijo que dejaría la vida gay, que se dedicaría a la iglesia y se alejó de mí”, cuenta el joven ya de 22 años y quien desde entonces no sabe nada de su amigo.

El uso de las pruebas rápidas de cuarta generación sirve para captar nuevos casos que luego son reconfirmados, asegura Orlando Montoya, coordinador comunitario y responsable de comunicación de gestión de conocimiento de la Fundación Kimirina. “Esta es una prueba orientativa que luego ya debe ser reconfirmada, una sola prueba de cuarta generación o una sola de tercera generación no es suficiente para dar un diagnóstico. Esta nueva tecnología no solo está hecha para hacerse en el ambiente clínico, sino que puede usarse fuera del laboratorio”, afirma.

Jhon estaba en la zona rosa del centro de Guayaquil hace seis meses cuando voluntarios de Kimirina le ofrecieron hacerse la prueba. Él accedió y en minutos se enteró de que era seropositivo. “Al instante me hicieron otra de tercera generación con el mismo resultado”.

Él, de 34 años, no tenía ningún síntoma. “Cuando me dijeron me asusté mucho, me quedé en blanco, estaba frustrado. Mi madre aún no lo sabe”. En su caso toma las pastillas del tratamiento antirretroviral, que solo le generaron mareos. (I)