El país europeo tardó en tomar medidas de prevención y se convirtió en lugar con más muertes por coronavirus, incluso por arriba de China, epicentro de la pandemia. No duda ni un segundo. Cuando acabe la cuarentena irá al Restaurante Oscar en Milán con sus amigos. Pedirá una carbonata. Se sentarán en la terraza, reirán y conversarán como si el tiempo no existiese. Francesca Taita tiene 24 años. Estudia Economía en la Universidad Católica de Milán y estaba a una semana de graduarse. La cuarentena impuesta por el Gobierno aplazó sus metas académicas. El coronavirus hace estragos en Italia. Muchos planes se han pospuesto, otros cancelado definitivamente. Su rostro dibuja una sonrisa mientras piensa en el fin de este encierro. La televisión borra este gesto. Un convoy de camiones militares transporta decenas de cadáveres. Taita y su familia se han refugiado en su casa en Bérgamo. El coronavirus colapsó el sistema de salud y ahora también el camposanto.
El silencio reina en la mesa. El reportero detalla que los más de 60 féretros llevados por la inusual caravana verdeoliva se dirigen a Brescia, Parma, Piacenza, Rimini, entre otros municipios que lo socorren ante la emergencia. Taita intenta leer un poco. Abre el libro azul llamado Manual de Derecho privado. No le faltan ni 50 hojas, pero enseguida se da cuenta de que es mala idea. La lectura debería ayudar a sobrellevar estos días en los que no se habla de otra cosa que no sea de coronavirus. No ayuda. Piero Schlesinger, profesor suyo y autor del libro, murió hace cinco días tras contagiarse del virus. Sus letras ya no le hablan de Derecho. Más bien recuerdan la fragilidad de la vida y lo agresivo del contagio. Italia ya rompió récords. El 20 de marzo se convirtió en el país que mayor número de muertes registró en un día al notificar 627 fallecidos. Marco Damilano, director de diario italiano El Expreso califica el severo avance del contagio como “la prueba más extrema que ha conocido la República italiana”. Ese mismo día la canciller alemana Ángela Merkel, comparó el desafío con el vivido por esta nación con la segunda Guerra Mundial.
Taita deja inconclusa la segunda película de la jornada. Diarios de motocicleta. No se ha percatado que ya es noche. Revisa su teléfono y comprueba por varios chats que el miedo no frena la impulsividad de decenas de jóvenes. A pesar de la cuarentena y la prohibición expresa de reunirse, varios no han dejado de salir ni una sola noche. “Fare un giro” no es un hábito, es un modo de vida, escriben. Se reúnen en algún parque desafiando a la noche, a sus padres y a la ley. Esa fría noche la muerte se columpia sobre la Fuente de Trevi, mientras el Gobierno se aferra al encierro y los científicos a la idea de intentar descubrir la vacuna. Los economistas ya no se aferran a nada. El desplome de la bolsa es imparable, pero por supuesto sueñan, como Taita, que la pesadilla acabe.
No todo es malo
En medio de la incertidumbre, o tal vez guiado por ella, Piero Fedel, de 77 años, ha aprendido a usar la tableta para hacer la videollamada. Les cuenta a sus nietos que está bien. En la mañana se puso su protección y salió a comprar el periódico. Agradece la compra que la mayor de sus nietos, Benedetta, dejó en su puerta. Las medidas que toman son extremas para evitar el contagio, pero también para evitar que el “nono” se deprima. Benedetta se aburre de vez en cuando, pero usa este tiempo para leer. Ahora sigue con cuidado la novela The Help, de Kathryn Stockett. “la leo en inglés para mejorar mi vocabulario, veo videoclips y tutoriales. Cuando termine la cuarentena seré una experta en esta lengua”. Ríe. Cuando a Benedetta se le pregunta qué será lo primero que haga al terminar la cuarentena se emociona. “Salir en la moto, abrazar a mi novio, manejar el carro, hacer la compra, pasear con mis amigos en el parque. Ah, y comer una pizza en el centro de Paderno Dugnano” ahí vive. La muerte ha golpeado las puertas del planeta, pero cómo responda cada persona o cada país dependerá del nivel de disciplina, de solidaridad, de preparación, pero sobre todo de las ilusiones que cada uno tenga para seguir adelante. “Las ilusiones son el motor de la vida. Las cosas hoy están complicadas y eso nos impide ver el horizonte, pero ahí está y debemos caminar hacia él. Aprendan de aquello que nos hemos equivocado, quédense en casa estos días. Cuídense y cuiden a quien aman”. Eso es lo que Taita cree que diría si pudiera escribir una carta al mundo. Tal vez tenga algo de razón. (I)