Es probable que nunca se sepa, efectivamente, quién fue el autor de la frase “Primer Grito de la Independencia”, que alude al 10 de Agosto de 1809. En todo caso, el título se instaló como divisa histórica de Ecuador, al punto que, a más de 200 años de los acontecimientos, si se le pregunta a alguien qué pasó en dicha fecha, responde sin dudar: el primer grito de la independencia de América.
Lo que ocurrió, según narra la historia, es que en la noche del 9 al 10 de agosto, connotados ciudadanos quiteños, reunidos en la casa de Manuela Cañizares, conformaron la Junta Soberana que cesó en sus funciones al presidente de la Real Audiencia, conde Ruiz de Castilla; juró lealtad a Fernando VII y a la Iglesia católica; rechazó la invasión francesa y desconoció a José Bonaparte como rey de España. Hay que recordar que en 1809, el año que ocurre la sublevación quiteña, España todavía era el imperio donde el sol no se ponía, es decir que contaba aún con todas sus colonias en América, Asia y África. Aunque ya había sido derrotada por Inglaterra en la Batalla de Trafalgar (1805) -que dio a los británicos el dominio absoluto de los mares-, con el resultado de que su poderosa armada salió debilitada. Con los ingleses dueños de los océanos, el tráfico comercial y militar de España, así como el control de sus colonias, se dificultó. Lo anterior, sumado a la situación de conflicto que se vivía en Europa, facilitó el éxito de los patriotas en las guerras de independencia, que se dieron a partir de 1810. España vivía una peligrosa situación social, económica y política que tenía en vilo al reino y a las colonias. Justamente, la acción decidida en Quito se originó en acontecimientos ocurridos en la metrópoli española.
¿Qué pasaba en España?
En 1807, España y Francia firman el Tratado de Fontainebleau, un acuerdo por el cual la primera autorizaba el paso de las tropas francesas por su territorio con destino a Portugal (aliado de Inglaterra). De ese modo se produjo la ocupación de facto de España por el ejército de Napoleón. Estos hechos provocaron la reacción del pueblo español que se rebeló en Aranjuez, entre el 17 y 19 de marzo de 1808, obligando al rey Carlos IV a entregar la corona a su hijo Fernando, quien asumió con el nombre de Fernando VII. La debilidad de la corona española fue aprovechada por Napoleón Bonaparte, quien reunió a Carlos IV y a su hijo Fernando VII en la ciudad francesa de Bayona, donde prácticamente los obligó a renunciar al trono, a favor de su hermano José Bonaparte. Indignados por la humillación y por la cobardía de los reyes y de la nobleza que no supieron hacer frente a Napoleón, el pueblo se levantó en toda la península ibérica, a partir del 2 de mayo de 1808, contra el ejército francés ayudado por los ingleses. Al punto que el propio Napoleón tuvo que ponerse al frente del ejército para poder derrotarlos en la Batalla de Somosierra (1808) e ingresar a la capital, Madrid. De esta forma España llegó a tener como rey a un francés, en la persona de José I, también conocido como Pepe Botella.
Este acontecimiento trastocó el orden en las colonias americanas, porque se produjo un vacío de poder, que se sumaba a la crisis de la monarquía española y la debilidad política en España. Para hacer frente a la falta del rey legítimo, los españoles se dieron a la tarea de conformar las juntas provinciales que asumieron la soberanía en nombre del ausente monarca Fernando VII. Las noticias llegan tarde y las colonias no atinan a quién responder A los territorios americanos las noticias llegaron muy retrasadas, a tal punto que en algunos sitios se conocieron al mismo tiempo las abdicaciones, la designación de José I y la formación de las juntas provinciales y de la Junta Central.
En este escenario, confuso e inestable, nadie estaba seguro sobre quién gobernaba y a qué autoridad se debía obediencia. En Quito, aprovechando las fiestas navideñas de 1808, un grupo decidió reunirse en la hacienda El Obraje, de Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, para analizar las noticias que llegaban de España y ver la posibilidad de constituir una junta provincial. Las próximas elecciones a alcaldes de Quito fue el otro tema de la reunión. Desde el siglo XVIII se había llegado a un pacto de alternancia entre criollos y peninsulares, pero en 1809 los puestos los captaron dos criollos, cuando el de primer voto debía ser peninsular. Estos acusaron a los criollos de conspiración y, el 9 de marzo de 1809, seis de los asistentes a la reunión de la navidad anterior, entre ellos el Marqués de Selva Alegre, fueron arrestados, aunque luego liberados. En Quito, los sublevados tuvieron poco apoyo y la insurrección se debilitó Este fue el contexto de un movimiento que, según anota la historiadora Pilar Ponce Leiva, en su ensayo La Revolución de Quito, 1809-1812: luces y sombras en su bicentenario, no tenía apoyo, pues “ni los sectores populares ni las demás provincias se sentían representados por los líderes quiteños, quienes defendían, ante todo, sus intereses de grupo y de región. Guayaquil, Cuenca y Popayán, las otras regiones de la Audiencia, rechazaron el movimiento quiteño”. La Junta, integrada por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, como presidente; el obispo José Cuero y Caicedo, como vicepresidente; y Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga y Juan Larrea, en calidad de secretarios de Estado, gobernó por casi tres meses. Luego, sin poder evitar el fracaso, Juan Pío Montúfar renunció a la Presidencia en octubre de 1809. En el mismo mes se llegó a un pacto con el Conde Ruiz de Castilla: se mantendría la Junta, con el título de Provincial, “sujeta y subordinada a la Suprema y Central de España”, y no habría represalias.
El 29 de octubre de 1809, Castilla asumió el mando. Pero un mes después, tropas procedentes de otras provincias ocuparon la ciudad y los alrededores. El 4 de diciembre de 1809, las fuerzas del virrey de Perú arrestaron a los dirigentes de la Junta, así como a los soldados que la respaldaron. El brutal asesinato de los líderes de la sublevación La historia recoge que el intento de liberar a los presos desató una sangrienta reacción de los soldados que asesinaron a los prisioneros en sus propias celdas. El escritor Hernán Rodríguez Castelo en La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813, anota: “…Forzaron las puertas, que del modo posible se habían asegurado y fueron sacrificándolos a balazos y golpes de hacha y sable. Salinas, que estaba moribundo y se había confesado como tal la noche del antecedente, fue muerto en su cama. Morales recibió los golpes hincado de rodillas. Ascázubi, medio desmayado con el susto; Aguilera, durmiendo la siesta; y los demás clamando por confesión sin que se les concediera, estando allí dos sacerdotes, de los cuales fue asesinado con impiedad increíble el doctor don José Riofrío. Murió allí una esclava del doctor Quiroga que estaba encinta, y los mulatos decían con gran serenidad, ‘ola y cómo brinca el hijo’. Concluida la carnicería, salieron las hijas de Quiroga que habían escapado prodigiosamente del diluvio de balas que llovían en todos los calabozos, y rogaron al oficial de guardia con mil lágrimas que las redimiese. Este, que no creyó que vivía el infeliz, se fue con el cadete Jaramillo y lo sacaron de su asilo. Le dijeron que gritara, ‘vivan los limeños, viva Bonaparte’, y respondió él, ¡viva la religión, viva la fe católica! le dio un sablazo Jaramillo y como salió gritando que le dieran confesor lo acabaron de matar los soldados en el tránsito…”.
El 2 de agosto de 1810 los próceres se convirtieron en mártires. El levantamiento se apaga El 8 de noviembre de 1812 el ejército realista entró en Quito y el nuevo presidente de la Audiencia, Toribio Montes, reinstauró el gobierno español con el apoyo de tropas llegadas de Lima y Guayaquil. La aventura libertaria había durado 3 años desde su inicio, el 10 de Agosto de 1809. Pilar Leiva, en su ensayo, dice que aunque la sublevación no introdujo cambios revolucionarios, Quito constituye un caso especial en el conjunto de la América colonial, por haber establecido una Junta antes que las otras regiones, pero también por haber celebrado las elecciones a representantes en las Cortes de Cádiz antes que ninguna otra ciudad, y también por haber escrito una Constitución propia,que se constituyó en un documento pionero en esa época. Leiva señala también que la iniciativa quiteña duró muy poco tiempo y no logró introducir cambios perdurables en las estructuras locales. En este sentido -dice- se podria hablar de un error de cálculo político de sus líderes, que no se percataron de que el proyecto no era viable, por no contar con el apoyo de las provincias de la Audiencia y al no comprender que su propuesta, pese a su conservadurismo, era inaceptable para los representantes del rey, desplazados de sus cargos. (I)
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